ARTRITIS REUMATOIDE

El término “artritis”  significa inflamación de las articulaciones, en las que se produce dolor, enrojecimiento, hinchazón, rigidez e impotencia funcional. Cuando el grado de inflamación es muy alto se puede acompañar de otros síntomas sistémicos como fiebre, cansancio, pérdida de apetito, entre otros.

Las causas que pueden ocasionar una artritis son numerosas, siendo las más frecuentes las siguientes: las infecciones, el depósito de cristales (como la gota), las enfermedades autoinmunes (aquellas en las que el sistema inmune de la persona deja de reconocer como propios algunos componentes del organismo, como articulaciones y otros órganos, y los lesiona y hace enfermar), y menos frecuente, casos de artritis que aparecen en relación con el cáncer, las enfermedades de las glándulas endocrinas (tiroides fundamentalmente), los trastornos del metabolismo de los lípidos (colesterol y triglicéridos) y algunas enfermedades de la sangre, entre otras.

La artritis reumatoide se engloba en el grupo de las artritis por causa autoinmune, de manera que el propio sistema inmune del paciente ataca a las articulaciones, sobre todo a la membrana sinovial (tejido que rodea la articulación), en las que se produce dolor, hinchazón y rigidez, sobre todo por la mañana o después de periodos prolongados de reposo. Este daño de las articulaciones y los tejidos circundantes (tendones y músculos) puede provocar una disminución de la movilidad y de la función articular, y además, la inflamación crónica puede afectar a otros órganos como el corazón, el pulmón o el riñón. Es por esto que la artritis reumatoide se considera una enfermedad sistémica (o lo que es lo mismo, generalizada).

¿Qué causa la artritis reumatoide?

La causa de la artritis reumatoide es desconocida. Se han visto implicados muchos factores, entre los que se encuentran genéticos, hormonales, ambientales, entre los más importantes. Es una enfermedad relativamente frecuente, ya que aproximadamente cinco de cada mil personas padecen artritis reumatoide en el mundo, siendo más frecuente en las mujeres (casi cuatro mujeres por cada hombre afectado). Su comienzo puede ocurrir a cualquier edad, aunque es más frecuente entre los 40-60 años. La incidencia aumenta entre familiares, lo que apoya que existe un componente genético que favorece la enfermedad. También se ha visto que los fumadores tienen el riesgo de padecer la enfermedad  1.5-2 veces mayor que en los no fumadores. En cuanto a los agentes infecciosos, no se ha demostrado que ninguno sea la causa directa de la enfermedad.

¿Qué síntomas produce la artritis reumatoide?

El síntoma más frecuente en la artritis reumatoide es el dolor en las articulaciones grandes y pequeñas del cuerpo. Este dolor es debido a la inflamación de las articulaciones y de los tejidos que las rodean. Las articulaciones se dañan de forma simétrica, siendo las localizaciones más frecuentes en las muñecas, los dedos de las manos, los codos, los hombros, las caderas, las rodillas, los tobillos y los dedos de los pies. Si la inflamación no se controla puede acabar dañando los huesos, ligamentos y tendones que hay alrededor, y esto puede conducir a deformidad de las articulaciones y a pérdida de funcionalidad de las mismas, dificultando hacer algunas tareas de la vida diaria.

Muchos pacientes pueden presentar cansancio, así como alteración del sueño y desánimo, todo ello relacionado con la intensidad del dolor y la inflamación.

Aunque la localización fundamental de las lesiones producidas por la artritis reumatoide es en la membrana sinovial de las articulaciones, a veces se pueden alterar otras estructuras. Se denominan manifestaciones extraarticulares. Una de las más frecuentes son los nódulos reumatoides, presentes en 1 de cada 4 pacientes con artritis reumatoide; son bultos debajo de la piel de un tejido inflamatorio y cicatricial que aparecen característicamente en los pacientes con factor reumatoide en suero positivo; los nódulos no son dolorosos, apareciendo en zonas de roce, sobre todo en codos, en la cabeza, dedos de las manos y en los talones, aunque también se pueden localizar en el interior del organismo, pero raramente producen lesiones de relevancia para la salud. También, aunque menos frecuente, puede haber lesiones inflamatorias en otros órganos, como corazón, pulmón, ojos, etc.

Otras veces las lesiones de órganos internos son debidas a los medicamentos utilizados en el tratamiento, por lo que siempre hay que hacer revisiones periódicas para poder detectarlas precozmente y poder tratarlas.

La evolución es muy diferente de unos pacientes a otros. Lo más habitual es que lo haga en forma de brotes, en otros casos cursa de una forma lenta y progresiva, y menos frecuentemente progresa rápidamente. Al inicio de la enfermedad es muy difícil precisar cuál será su forma de avanzar. Puede haber períodos de tiempo en el que la enfermedad parece estar parada, sin dolor o limitación del movimiento y otros en los que la enfermedad se muestra muy activa. Con los tratamientos actuales, sólo una pequeña parte de los afectados sufrirán lesiones severas, con importantes secuelas.

¿Cómo se diagnostica?

Para el correcto diagnóstico de la artritis reumatoide se debe hacer una buena historia clínica que incluya una descripción de los síntomas, así como una exhaustiva exploración física. Así mismo se debe realizar una analítica completa que incluya hemograma, bioquímica hepática, función renal y orina, y una serie de pruebas complementarias: VSG (Velocidad de Sedimentación Globular), PCR (Proteína C Reactiva), Factor Reumatoide, anticuerpo anti-péptido cíclico citrulinado, anticuerpos antinucleares. También se deben incluir en el examen inicial radiografías de manos y pies, y de cualquier otra articulación afectada. Con todo esto el reumatólogo puede llegar al diagnóstico correcto de esta enfermedad, y diferenciarla de otras enfermedades que también pueden cursar con artritis, como las infecciones, la gota, otras enfermedades autoinmunes, etc.

Es muy importante un diagnóstico precoz, que permita poner tratamiento adecuado antes que el daño articular sea irreversible, para evitar deformidades y pérdida de funcionalidad, y también poder detectar la afectación extraarticular y evitar su progresión.

Es necesario realizar revisiones periódicas, que la inicio de la enfermedad serán más frecuentes, en las que se valorará los síntomas que presenta el paciente, así como determinaciones analíticas que nos permitirán ver el grado de actividad y afectación sistémica, y ocasionalmente realizar pruebas radiológicas (radiografías, ecografías, resonancias, etc.) de las articulaciones afectadas para evaluar el deterioro articular.

¿Cómo se trata la artritis reumatoide?

La artritis reumatoide todavía no se puede curar, pero los tratamientos actuales suelen ser muy efectivos.

Existen diferentes grupos de medicamentos que tienen características y funciones diferentes. Para resumir, se pueden agrupar en cinco grandes grupos:

a) Antiinflamatorios no esteroideos, que son un grupo de medicamentos que inhiben la acción de las prostaglandinas (potentes mediadores de la inflamación): disminuyen el dolor, la rigidez y la inflamación de las articulaciones de los pacientes con artritis. Aunque su acción sólo es sintomática, no modifican el curso de la enfermedad. Algunos pacientes precisan tomarlos de forma crónica para controlar los síntomas adecuadamente.

b) Fármacos antirreumáticos modificadores de enfermedad, que no sólo mejoran los síntomas de la artritis, sino que frenan la enfermedad y enlentecen la destrucción y deformidad de las articulaciones. Actúan interfiriendo sobre la producción de sustancias o funciones de células que están implicadas en la inflamación de la membrana sinovial. Los medicamentos más usados son metotrexato, leflunomida, salazopirina, antimaláricos (cloroquina e hidroxicloroquina). Son el pilar fundamental de tratamiento de los pacientes con artritis reumatoide.

c) Glucocorticoides, que se suelen usar al inicio del tratamiento, o en las exacerbaciones de la enfermedad, aunque hay pacientes que precisan una dosis baja de forma crónica para el control adecuado de los síntomas. También se pueden usar localmente en infiltraciones.

d) Fármacos biológicos, que representan un gran avance terapéutico en esta enfermedad.  Son fármacos, diseñados por técnicas complejas de biología molecular, que van dirigidos específicamente a bloquear la acción de sustancias que tienen un papel esencial en la perpetuación de la inflamación sinovial y la destrucción de las articulaciones. Entre los más utilizados están Etanercept, Adalimumab, Infliximab, Tocilizumab, Certolizumab, aunque actualmente se están desarrollando más moléculas con distintas dianas de actuación que van a permitir un mejor control de la enfermedad. Su principal inconveniente es el alto coste económico que tiene su uso.

e) Grupo miscelánea (analgésicos, relajantes musculares, antidepresivos...)

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